viernes, 21 de marzo de 2014

Felicidad, amor y emociones: liberando al corazón


Hoy he querido hacer una fusión o “mélange” de dos tránsitos simultáneos en estos días de principios del 2014 que nos traen tantos desafíos y múltiples oportunidades. Me enfoco ahora en el tránsito de Mercurio -que nos impulsa a la relación, al contacto, al intercambio de ideas- por Piscis y el tránsito de Venus -como principio de Armonía- por Acuario. La esencia espiritual del temperamento de Piscis es el coraje, nos decía Dane Rudhyar (Triptyque astrologique). Así pues, entramos a abordar el tema del Amor y nos adentramos en el mundo del corazón y del camino a la felicidad, teniendo en cuenta el desarrollo en nosotros de esta fuerza, el coraje, para poder realizar la misión de Acuario en esta nueva Era, la misión del Servicio.

Es importante preguntarnos de vez en cuando: “¿Con qué me identifico? Tal vez todos los días, una vez a la semana, cada uno puede marcarse una frecuencia para integrar este interrogante en sus meditaciones. Uno puede identificarse con la Naturaleza, con su variedad de colores y aromas, sus ciclos estacionales, con la diversidad de especies que acoge la Madre Tierra. Formas percibidas por nuestros sentidos, es la creatividad infinita del Creador. Y todos tenemos una mente y un corazón creativos, ambos pueden trabajar muy bien en equipo.


Nos identificamos con aquello que amamos. Así ocurre al sumergirnos en la energía del signo de Piscis, y casi todos pasamos por algún momento en nuestra vida que nos pone en contacto con la energía de Piscis o de Neptuno.
Por eso conviene interrogar a nuestro “pequeño yo” acerca de sus identificaciones. ¿Se identifica con las cosas perecederas más que con las inmutables? La materia perece, pasa por ciclos de transformación y una de sus fases es la de la muerte. ¿Me identifico con el tener, el acumular sin fin cosas y objetos con un ansia insaciable, tal vez por miedos? ¿Ahí está situado mi amor? ¿Nos quedamos tan sólo en el primer, segundo y tercer chakras? ¿O permitimos que la energía suba y fluya arriba y abajo como seres divinos y completos? ¿O tal vez me identifico, como valor supremo, con el amor? Valor inmutable e imperecedero.


Cuando descubrimos en nosotros el lugar desde donde nos damos a los demás, empezamos a revertir el flujo de la corriente. Dar es algo que no tiene nada que ver con el sacrificio, con el sentido del deber o con cualquier idea de espiritualidad, sino con el puro placer de dar, porque es un acto alegre que sólo puede proceder de un lugar pleno de amor”. (Shakti Gawain, Visualización creativa).


Vivimos inmersos en la Bondad del Universo, nunca salimos perdiendo en este flujo y reflujo, en el cambio constante que caracteriza el ritmo vital. Aceptar que vivimos en la Bondad de Universo es permitir su flujo constante en los cambios. Nada pierdo nunca, todo está fluyendo constantemente, permitimos así dejar espacio para que entre más. Al fin y al cabo, es lo que hacemos, por ejemplo, constantemente pero de manera inconsciente, la mayor parte del tiempo en la función de la respiración; vaciar nuestros pulmones para que se vuelvan de nuevo a llenar, inspirar y espirar. Es simbólico, ¿verdad? Nuestro cuerpo se convierte en un símbolo que nos muestra el camino adecuado. No podemos retener porque sólo la vida se conserva en un proceso de constante renovación: permito entrar, permito salir.
Así pues, permitimos constantemente que nuestro cuerpo libere lo que ya no le sirve, como en nuestra vida, pasan y se van trabajos, dinero, lugares, personas, y entran a formar parte en el siguiente ciclo nuevas oportunidades profesionales, dinero, posesiones, personas, entornos, aprendizajes, circunstancias que nos enriquecen y nos ayudan a crecer y evolucionar.

Emocionalmente ocurre lo mismo. ¿Con qué me identifico? Que es lo mismo que responder qué estoy amando emocionalmente y, también, mentalmente, a veces van unidos pensamiento y emoción, en otras no. Puedo poner ahí mi atención, con cariño, despacio, con calma y sosiego, en el silencio, escuchando.

¿Me identifico con el amor? ¿Amo el amor? El amor no es racional, el amor atiende al corazón, y éste, en su esencia, tiene una energía que fluye libremente, sin impedimentos, trascendiendo toda circunstancia, es incondicional. Las emociones de nuestro pequeño yo fluctúan mucho, simpatía y antipatía se alternan en muchas ocasiones condicionadas por nuestros juicios. Somos conscientes de ello, ¿verdad?, de cómo nuestros juicios nos acercan o nos alejan de las personas. Y en base a estos juicios, vamos eligiendo unos compañeros/as de camino u otros, y nuestros juicios están basados en valores, en ideales, en nuestra propia filosofía de vida. Son condicionamientos. Es un amor condicionado, evidentemente, pero aunque elijamos a unos y a otros como compañeros, somos conscientes de la Unidad en la que vivimos, inmersos en la conciencia de la Totalidad, de la interconexión energética de toda vida en el Universo. Así entramos en el reino del amor incondicional en el cual vivimos inmersos.



Por tanto, podemos reconocer nítidamente a nuestro pequeño yo con sus valoraciones y elecciones. No tenemos por qué aceptar todo lo que hace una persona concreta, pero es importante trascender la realidad que sólo perciben nuestros sentidos desde nuestro yo superior o alma, ya que así permanecemos en la Unidad, en el Amor incondicional. Así vivimos conectados a nuestro corazón siempre, sin barreras, sin imponerle condiciones, permitiendo su libre fluir, que no es otra cosa que su esencia. Esta actitud nos conduce a lograr un equilibrio interior psicológico y emocional saludable.

Oh, ya sé que algunas vocecitas interiores se alzan en nuestro interior hablando de enfados, de ira, de rabia vivida en algunas relaciones y con algunas personas a lo largo del camino. Surge de nuevo y se aviva el dolor que se produjo en algunas relaciones basadas en afectos agradables y placenteros. Sí, acogemos este dolor de nuestro corazón, es vulnerable en su ternura, acogemos estas emociones de nuestro interior con dulzura y respeto, están ahí, las aceptamos amablemente. Esta aceptación permite que la energía del amor en nuestro corazón siga fluyendo.
Se trata de toda una elección. Nos damos cuenta de cuántos corazones cerrados hay en nuestras sociedades, cuántos corazones, por temor a ser heridos en su vulnerabilidad y delicadeza, viven cerrados, y cómo así nuestras sociedades se convierten en algo totalmente inhumano.
Estamos creando la Nueva Tierra en la que el Humano transcendente prepara otras estructuras para el desarrollo en plenitud de todo nuestro ser, de nuestra vocación en el Universo del cual formamos parte. Y donde hay amor, no hay temor, pero esto será objeto de otra reflexión en otro momento, para no extendernos ahora más.


La apertura del corazón es la fuerza transmutadora de la alquimia del amor que nos permite ver la bondad incondicional de las personas más allá de las limitaciones de su yo condicionado”. (John Welwood, Psicología del despertar).

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