sábado, 4 de febrero de 2012

De la soledad en nuestros encuentros con los demás

¿Estoy atento y desarrollo mi capacidad de acogida y escucha?



Podemos compartir, sin lugar a dudas, la sensación común que hemos vivido muchos de nosotros después de un encuentro con un amigo, o unos cuantos amigos, que en ocasiones nos deja un poso de tristeza, una tristeza que procede de sentimientos de soledad, de vacío y de frustración. Incluso en ocasiones no es exactamente tristeza, ya que podemos sentir rabia, cólera, ira, enfado, ¿qué estamos haciendo con esta o estas personas a quienes en el fondo no les importamos? ¿Acaso comparten y nos hablan de nuestros sueños, ideales y proyectos? ¿Acaso se interesan en el fondo y prestan atención a aquellos planes y a aquellos trabajos en los que estamos poniendo tanta energía, tiempo y creatividad? ¿Se establece un gratificante diálogo a ese propósito enriquecedor y satisfactorio?



Astrológicamente, ya ha entrado el planeta Neptuno en el signo de Piscis y, vinculados a esta energía planetaria, tenemos tanto los sentimientos de plenitud vivida en la unidad como de soledad vivida en la aparente compañía. Pero hemos también de aprovechar esta energía de Piscis para cuestionarnos a nosotros mismos, para entrar en nuestro templo sagrado, en ese lugar más recóndito de nuestro ser donde habita nuestra alma, con su sabiduría y sus proyectos de realización para este momento de nuestra existencia, ¡es nuestro futuro!. ¿Quién soy? ¿Qué necesito? ¿Cómo atiendo a mis necesidades? ¿Me cuido, me dedico tiempo? Porque establecer una buena amistad conmigo mismo, con mi cuerpo, con mi mundo mental y con mi necesidad de conexión espiritual es esencial. Después tal vez vaya consiguiendo o no las amistades más adecuadas, puedo ir haciendo ajustes, pero ello dependerán de la relación conmigo mismo.



Observando el Universo y el resto de la creación, uno aprecia que cada ser es único y que tiene y ocupa su propio espacio, y que por muy cerca que estén los otros, si no nos encontramos acogidos por el otro y le acogemos y aceptamos también nosotros, a su vez, en todo lo que es, las relaciones no nos enriquecen ni aportan lo  necesario para permanecer juntos a lo largo de nuestro camino, compartiendo con satisfacción y plenitud. Estamos separados -físicamente al menos lo parece-, eso es lo que nos indican nuestros sentidos, y esta es una percepción en el plano de la supuesta “realidad”; pero en el plano de lo “fantástico” estamos unidos. Algunas investigaciones actuales científicas nos dicen que el espacio vacío no existe, que todo es un continuum, que estamos como nuestras neuronas en el cerebro, es decir, en red. Y qué paradójica resulta esta unión cuando en esas ocasiones sentimos tanta soledad. Uno se pregunta si todo eso no son más que tonterías, puesto que se percibe con gran intensidad la sensación de vivir en una “isla”.



Uno tiene que aceptar su propio y único espacio. Sí, por supuesto. Esto es sano y constituye una pauta adulta, aceptar nuestro espacio de soledad, al menos en el plano “real”, observable por nuestros sentidos físicos. Por supuesto, luego podemos pasar a nuestro plano “fantástico” y experimentar la unión; claro que para esto último he de elegir bien a mis amigos más cercanos, no es algo que se pueda alcanzar con muchas personas.



A la larga, este hábito, costumbre, rutina de encontrarme con el otro desde mis necesidades y carencias me hace entrar en una dinámica tal que, precisamente, las relaciones me resultarán insustanciales, ya que no nos aportamos nada mutuamente, estamos juntos -incluso físicamente muy cercanos- pero separados mental y emocionalmente porque cada cual está absorto en su propio mundo, en su propio ruido interior. Por tanto, no seré una compañía muy deseada para personas más exigentes y despiertas en cuanto al verdadero valor de intercambio y comunicación y, además, dentro de mí mismo se puede generar esta sensación de aislamiento respecto al mundo, a la vida, a Dios, a la idea o imagen de Dios -llamémosle como le quedamos llamar cada uno de nosotros por diferentes causas, creencias o según nos haga sentir más cómodos: Vida, Mundo, Destino, Fuente, Origen, etc. ¿Dios me ama? ¿Dios existe? Y si existe, ¿cómo es que no percibo su Amor, su Ternura, su Bondad, su Protección, su Cercanía, su Voz?



Ahora no está de moda aquello del Misticismo, pero tal vez convenga repasar un poco y rebuscar en las obras -inspiradas por sus vivencias más intensas- de escritores españoles como San Juan de la Cruz, Sta. Teresa de Jesús, Fray Luis de León, del italiano San Francisco de Asís, del alemán Meister Johann Eckhart, por ejemplo, las cuales no dejan de ser una fuente de inspiración para aquellos que buscamos profundizar más en la relación personal con Dios, con la Vida, con el Amor.



Merece la pena, de verdad, merece la pena ir aprendiendo a crear puentes, convertirse al menos en un istmo, y acercarme al otro con la intención real de compartir, de acoger, dar y recibir y ser acogido, así que tendré que ir eligiendo bien a mis relaciones más íntimas.



En cuanto a nuestra propia experiencia personal, a la mía propia, a la tuya, escuchemos la dulce voz que nos habla desde nuestro interior: “abre tu corazón al otro y escúchale en silencio para poder exultar de gozo, el que se experimenta acogiendo al otro acallando tu acostumbrado ruido interior. Permite espacios en tus encuentros para hacer silencio en ti y escuchar al otro de verdad. Estas experiencias te harán saborear poco a poco que tú también eres amado por la Vida, porque has abierto precisamente tu corazón, que eres protegido con ternura y atenciones, que eres escuchado, que eres importante, que eres único. Precisamente porque estamos en red, lo que tú experimentas es tan importante como lo que experimenta aquel que está más cerca de ti. Transforma tu realidad. Ayudarás a transformar la del otro.



Si pasas por la experiencia que aporta amar al prójimo como a ti mismo, conocerle, aceptarle y escucharle, y esto previamente habrás tenido que hacerlo contigo mismo -es decir, haber superado la tentación de evadirte de ti, de huir de ti, siendo tu mejor amigo- podrás disfrutar del Elixir de la Vida: sentirte amado y renovado por este Amor que sustenta el aliento de tu existencia actual.



Para alcanzar el núcleo de la grandeza de Dios, uno debe por lo menos llegar al núcleo de sí mismo, pues es imposible que alguien conozca a Dios si antes no se ha conocido a sí mismo. Húndete en las profundidades del alma, el lugar secreto de Lo Más Elevado, en las raíces, en las cumbres: pues todo lo que Dios implica tiene su foco allí.  (Johannes Eckhart)

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